La primera aldea en la vertiente sur de la montaña.
Aquí empieza de verdad la vida errabunda que yo amo, el caminar sin rumbo, el descansar bajo el sol, el libre vagar. Soy muy aficionado a vivir de la mochila y a llevar flecos en lo pantalones.
Mientras bebo el vino que me he hecho servir en el restaurante, observo a una mujer joven, rubia y de mejillas muy rojas, con la que no hablé ni una palabra. ¡Angel mío! Era un placer y un tormento contemplarla. ¡Cómo la amé durante aquella hora! Volví a tener los dieciocho años.
De pronto todo se aclaró. ¡Hermosa, rubia, jovial señora! Sigo sin saber cómo te llamas. Te amé durante una hora, y vuelvo a amarte hoy en las soleadas callejuelas de una aldea de montaña, durante una hora. Nadie te ha amado más que yo, nadie te ha reconocido tanto poder sobre sí como yo, un poder incondicional. Pero soy motejado de infiel. Y es que pertenezco a la clase de los fanfarrones, que no aman a una mujer, sino sólo al amor.
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