dilluns, 10 de desembre del 2007

HERMANN HESSE – LA ALDEA.

La primera aldea en la vertiente sur de la montaña.

Aquí empieza de verdad la vida errabunda que yo amo, el caminar sin rumbo, el descansar bajo el sol, el libre vagar. Soy muy aficionado a vivir de la mochila y a llevar flecos en lo pantalones.

Mientras bebo el vino que me he hecho servir en el restaurante, observo a una mujer joven, rubia y de mejillas muy rojas, con la que no hablé ni una palabra. ¡Angel mío! Era un placer y un tormento contemplarla. ¡Cómo la amé durante aquella hora! Volví a tener los dieciocho años.

De pronto todo se aclaró. ¡Hermosa, rubia, jovial señora! Sigo sin saber cómo te llamas. Te amé durante una hora, y vuelvo a amarte hoy en las soleadas callejuelas de una aldea de montaña, durante una hora. Nadie te ha amado más que yo, nadie te ha reconocido tanto poder sobre sí como yo, un poder incondicional. Pero soy motejado de infiel. Y es que pertenezco a la clase de los fanfarrones, que no aman a una mujer, sino sólo al amor.

Nosotros los vagabundos somos así. Nuestro vagar y vagabundear es en gran parte amor, erotismo. El romanticismo por los viajes no es en su mitad más que una esperanza de aventuras. Pero en su otra mitad es un impulso inconsciente de transformar y resolver el erotismo. Nosotros los vagabundos estamos acostumbrados a mantener los deseos amorosos precisamente por su insatisfacción, y a dividir aquel amor que pertenece realmente a la mujer entre la aldea y la montaña, el mar y la quebrada. Separamos el amor del objeto, nos conformamos con el mismo amor, igual que nosotros los caminantes no buscamos un final, sino el placer del caminar, el estar de camino.

Joven mujer del rostro sonrosado, no quiero saber tu nombre. No quiero alimentar mi amor hacia ti. Tú no eres la meta de mi amor, sino su estímulo. Voy derramando este amor sobre las flores del camino, sobre los destellos del sol en el vaso de vino. Tú haces que esté enamorado del mundo.

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